jueves, 7 de abril de 2022

No estaba muerto, estaba de parranda.



 Hoy estoy en la biblioteca, tuve que dejar el coche en el taller y era el mejor modo de economizar mi tiempo. Me he parado un segundo, tras un rugir de mi estómago a observar el entorno que me envuelve. 

A mi izquierda hay un señor relativamente mayor, le calculo unos 67 años, sostiene un libro con las portadas blandas, negro, no alcanzo a leer desde aquí el título pero por la sala en la que me encuentro, es un libro que consulta pues no dejan llevarlo a casa. Dentro de las páginas del libro sostiene un bolígrafo. No me hubiera llamado la atención su persona si no fuera porque está profundamente dormido, hasta el punto en que la cabeza va a terminar por golpear contra su mesa.

Oigo desde aquí a sus cervicales musitar de dolor, pero por el entorno en que nos encontramos, no pueden hacerlo como les gustaría, permitiendo a susodicho un sueño relajado y placentero. Cuando despierte, seria otra historia. No sé cuándo lo hará, se me ha ocurrido levantarme y dar una palmada en su oreja, pero no me parece que sea lo que corresponde, no le conozco y estoy en una sala de estudio de una biblioteca municipal.

Le he observado un ratito, sigue durmiendo, ¿o no? ¿y si está muerto? ya me imagino cómo le diré a la bibliotecaria que ese hombre no respira y tiene un ligero tono blanquecino. La histeria se apoderaría de la sala y un montón de curiosos se pondrían a inspeccionar la situación. 

Muchos se levantarían a ver si es real, otros muchos sacarían sus móviles para hacerlo pulular por sus redes sociales hasta convertir el fallecimiento de una persona en algo viral, sin pudor de ninguna clase. Otros muchos, como yo, trataríamos de hacer algo, aunque... siendo realistas, el muerto, ya está muerto.

Menudo final este, morir en una biblioteca. No es, ni de lejos, el peor de los finales, lo habría hecho en un sitio tranquilo, silencioso y agradable, todo ello sin sumar el estado de relajación que su propio sueño inicial le propina. Al menos, recoger sus enseres personales no llevará demasiado tiempo, pues lo acompañan una botella de Acuarius llena de agua, un estuche y unas hojas sueltas en las que tiene escritas algunas anotaciones.

Que curioso esto de la imaginación, al verle he pensado que quizá sea un profesor jubilado que viene a culturizarse en algún campo que le apasiona, otras creo que igual es alguien que no sabe en que invertir su tiempo y le ha parecido muy interesante hacerlo en una biblioteca, en cualquier caso, nunca lo sabré.

Lo que sí que sé, es que no esta muerto, se ha despertado. Ha dado unos sorbos a su botella tras escrutar si alguien se había percatado de su ensoñación. Yo he sonreído pero ha sido imperceptible bajo la mascarilla. 

No sé que pensará de mi, pero seguramente no se imagina que le he escrito todo esto. 





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