Te doy la bienvenida a Pizkita7.com, una newsletter sobre psicología, filosofía práctica y el arte de mantenernos enfocados para construir una vida con propósito.
Hola otra semana más a ti que me lees. ¿No te he hablado de mi hermana? Ella es una de mis personas favoritas de la vida. Es mi muy mejor hermana, mi mejor amiga, mi confidente. Como para no estar unidas! Cuando éramos pequeñas soñábamos juntas entre juegos como serían nuestros futuros. Jefas de una multinacional, altas ejecutivas, casadas, con hijos… creo que le pusimos tanta ilusión de niñas, que la realidad se escapó entre nuestros dedos de mayores, y menos mal, aunque debo decir que no fuimos jefas de multinacionales, pero si ocupamos nuestro tiempo en administración a nivel más comarcarcal.

1.- La infancia de ensueño
Lo recuerdo a la perfección. Nos levantábamos de la cama los sábados porque las risas de mi padres se escuchaban desde el salón. Un leve olor a café se colaba por la abertura bajo la puerta, acompañada de los rayos de sol que se reflejaban frente a la pared del pasillo. Ra (que es así como se llama mi hermana) y yo, salíamos corriendo de nuestra habitación rosa de princesas para llegar a la cocina. Si mamá y papá desayunaban café con calma, es que también papá había traído bollos de chocolate.
Cuando nos veían llegar se escondían, para agarrarnos y dar un susto al sortear la isla de la cocina y levantarnos en el aire haciéndonos cosquillas. Nuestras risas se mezclaban con las suyas.
Mientras les pedíamos que parasen, nos sentaban a la mesa, donde un montón de berlinas de chocolate y crema nos esperaba desde el centro. Mamá nos preparaba el colacao y papá nos ponía unas servilletas de tela de colores colgando del cuello a modo de babero y ellos se sentaban con nosotras.
Mi sista hablaba de los monstruos que la habían sacado del sueño mientras las foceras de chocolate de ambas iban en aumento: un bollo, dos bollos, tres bollos…
Cuando la barriga y el corazón estaban llenos, ya se nos permitía levantarnos de la mesa.

2.- Una adolescencia como la de los demás
Un sábado por la mañana 9 años después. Abro el ojo y la luz se cuela por los renglones de la persiana. Quiero salir de la cama, pero hoy no hay colegio y estoy tan calentita… Seguro que Ra ya se ha levantado, ella prefiere ver los dibujos, pero yo ya soy mayor y no quiero hacer cosas de niños.
Me arrastro hasta la ventana y levanto la persiana. Trato de calcular mentalmente qué hora será por la luz del sol que baña los edificios y toda la calle.
Miro los libros sobre mi escritorio y recuerdo el trabajo de lengua que tengo que entregar el lunes. El lunes. Ya queda menos para volver a ver en el colegio al chico que me gusta. A mis padres les hace gracia que me guste un chico. Me ha escrito alguna carta y me la deja en el buzón, mi madre las deja sobre mi cama para que cuando la vea me lleve una sorpresa. Y vaya que si me la llevo. Es el primer amor y en ese momento no crees que no sea para toda la vida.
Me visto y me peino y bajo a desayunar. Mamá me besa el pelo cuando me da los buenos días y yo me aparto, yo no soy Ra.
Mi colacao está esperandl sobre la mesa con un paquete de galletas María. Papá entra por la puerta de la cocina y besa a mi madre y nos pasa a nosotras la mano por el pelo mientras nos da los buenos días.
- jo papá, no me despeines! - le digo
Papá sonríe y mira cómplice a mamá:
- claro, como ahora tienes novio… - ambos se ríen.
- no es mi novio, no lo entiendes - replico enfadada.
Los adultos no entienden nada. Él no es mi novio, no me lo ha pedido, pero creo a papá y mamá eso no les importa porque confían en mi y me escuchan.

3.- La adultez que no viviré
El salón de mi casa luce fantástico a primera hora de la mañana. La lluvia repiquetea los ventanales y ese halo gris azulado que trae la tormenta lo hace acogedor. Me levanto y mientras caliento la leche en el microondas, y saco el sobre de colacao. Hay cosas que no cambian. La ciudad, 16 plantas por debajo de mis pies, no se para. Los taxis que recorren la avenida 42 aquí en Manhattan, tienen un color amarillo intenso debido a la lluvia. Miles de paraguas se mueven como puntos negros recorriendo la acera.
Suena mi iPad. Ra me está llamando.
- ¿Ya te has despertado dormilona? - se escucha entre risas al otro lado del teléfono.
Un leve gruñido de desaprobación sale de mis labios que se acercan despacio al borde de la taza.
- Embarco en el vuelo en una hora, espero que estés en el aeropuerto para recogerme cuando llegue. Qué ganas tengo de volver.
- Allí estaré. Llueve mucho, trae ropa de abrigo cuando llegues que vas a notar el cambio de temperatura. Ten un buen vuelo mi sista.
Me voy a la ducha tras desayunar. Subo las escaleras del duplex y entro en el baño se mármol blanco. El agua caliente resbala por mi pelo y mi cara para terminar colándose por el desagüe. Mil pensamientos e ideas me asaltan, pero no tengo donde apuntar, me queda repetirlas para apuntarlas en mi libreta cuando salga de la ducha envuelta en mi albornoz beige de algodón. Voy a mi biblioteca y me siento en la mesa para escribir todo aquello que se me ha ocurrido y poder reflejarlo en el libro después.
Me voy al vestidor y me cambio, cómoda. Hoy voy a escribir desde el Book Club Bar y no quiero que al estar sentada la ropa me moleste. Meto el portátil, el ipad, mi libreta negra y mi pluma en mi mochila negra y gris de Daniel Chong. Me pongo el abrigo, un gorro y le dejo comida a mis gatos antes de irme a continuar mi quinta novela. Al recoger las llaves de casa del cesto de la entrada y el paraguas, lo último sobre lo que se posan mis ojos es la portada del New York Times con mi entrevista por ser la escritora española más vendida en Estados Unidos.







