Te doy la bienvenida a Pizkita7.com, una newsletter sobre psicología, filosofía práctica y el arte de mantenernos enfocados para construir una vida con propósito.
Las vistas frente a las que escribo estas palabras han cambiado bastante desde la semana anterior. He cambiado el asfalto y los edificios altos cántabros, por la compañía de mi gata, mi cachorro mordiendo un palo, los grillos despertando para la noche y la calma y tranquilidad que aporta vivir en un aldea en que solo está mi casa.
El lugar. Algo tan sencillo y a la vez tan complejo. Me hallo recientemente investigando cuál es mi lugar. Hasta la semana pasada lo tenía muy claro. Sabía cual era mi lugar en el trabajo, el espacio que ocupaba en Ramales de la Victoria, el sitio de que disponía en la vida de las personas que me esperaban a mis vueltas en Galicia, pero…¿y ahora? las dinámicas de equipo han cambiado, no existen ya los intermitentes o los focos temporales. Queda espacio para la ventana grande y amplia que recoge la continuidad de mi nueva vida.
1.- ¿Es el lugar que ocupas algo puramente físico?
No, en el campo del que hablamos no. En mi caso, aún no me creo que haya dejado atrás todo lo que he dejado. No creo que mis rutinas sean diferentes, y aunque las afronto con mucha ilusión y ganas, dentro de mi sigue quedando un resto de que es como si estuviera de vacaciones, como si dentro de poco tiempo fuera a volver. Como si las lágrimas derramadas al abrazar a la gente que quiero no tuvieran el peso suficiente en mi nueva realidad.
El espacio no es sólo físico, lo es también psicológico y mental. Este cambio de territorio actúa como una centrifugadora en mis relaciones personales. Al moverme a Galicia, no solo cambio de coordenadas geográficas, se han alterado también las distancias físicas y psicológicas que sostenían mi red de vínculos. Esto tiene impacto, no es gratis, y aunque echo de menos a personas que están en mi vida (ahora en la distancia), de un modo u otro voy a tener que tejer nuevo hilos en territorio gallego.
2.- Qué implica la distancia.
Ojalá las cosas no cambien, ojalá las relaciones se mantengan indemnes al paso del tiempo, pero la vida no es así. Conforme entras en la treintena, te das cuenta de que las relaciones son volubles y se adaptan al tiempo y a las circunstancias de cada persona. Por ejemplo, cuando en tu entorno comienzan a casarse y tener hijos. Estas dinámicas hacen que las relaciones pasen de un plano al siguiente, y que el “esfuerzo activo” por mantener viva la relación, forme parte de un día a día.
El vivir en comunidades autónomas diferentes, hace que la distancia deje de medirse en trayectos rutinarios, para pasar a requerir de una planificación. Ahora se tratará de “escapadas de fin de semana” más que de rutina por trabajo.
De lo que nadie habla es de como gestionas la morriña y el anclaje previo. Desde la distancia, las relaciones pueden idealizarse o, por el contrario, sentirse lejanas, lo que genera una extraña distancia. Estar intentando construir una nueva vida manteniendo los hilos emocionales con el pasado, lo que consume una gran energía. A veces, te sientes suspendido en tierra de nadie, ni integrado en la dinámica local, ni participando en todo aquello en que antes participabas.
La lentitud de confianza en los nuevos círculos no juega muy a mi favor. La mayoría de entornos en que me muevo tienen profundamente arraigados los vínculos, y entrar en ellos requiere de profunda paciencia. Las relaciones superficiales no se convierten en íntimas de la noche a la mañana. (Paso a paso y día a día, ¿no es así mi Lau?)
3.- El peso del desarraigo o el camaleón y explorador.
A algunas personas les cuesta más que a otras el desapego. Para algunas personas en mi situación, la distancia no son solo kilómetros, es un mapa de seguridad con una herida profunda y abierta. Son personas que sufren el cambio de un modo muy intenso porque su bienestar depende de sus redes de apoyo y de lo predecible que es su entorno.
Aunque no se vayan al otro lado del mundo, cambiar de ciudad activa un proceso de duelo real por lo perdido, esos códigos compartidos que no necesitaban explicaciones. Si bien es cierto, que las tecnologías de que disponemos hoy en día facilitan mantener el contacto.
En el extremo opuesto, nos encontramos a los que se adaptan a la distancia con ligereza, no porque no echen de menos a su gente, sino porque su psicología funciona con otros mecanismos. Para estos, la novedad es un estímulo de dopamina, una aventura, un reto estimulante más que una amenaza. La falta de referencias previas no les genera vértigo, les da curiosidad frente a la exploración del nuevo territorio.
En cuanto a las amistades, son capaces de entender que la amistad es tan importante, que la distancia física no va a romper el vínculo. Pueden pasar meses sin ver a sus amigos y retomar la relación en el mismo punto, lo que les libera de la culpa o la ansiedad por “abandonar” a su gente.
Este tipo de personalidades, suelen activar redes sociales de modo natural desde el primer día. Se apuntan a actividades, hablan con su vecino, buscan grupos locales o conectan en el trabajo con rapidez. No esperan a que sea la comunidad quien los viene a buscar, se mimetizan con el nuevo ecosistema con una gran plasticidad psicológica.
4.- Qué sucede generalmente con la gente.
La mayoría de las personas oscila entre ambos mundos. Tienen episodios de morriña y distancia que pesan como si fuera plomo, mientras que otros ratos lo ven como la mejor oportunidad de comenzar el lienzo.
No se en que bando te siente tú, yo me encuentro optimista y consciente, sabiendo que las personas que me han acompañado en esta etapa son esas que merecen mi atención y tiempo.




