El punto gris del techo de la habitación
Y un montón de quizás
Tras una larga jornada frente a su ordenador, se tumba sobre su cama. La almohada no es muy confortable. Han sido varias las mañanas que se ha levantado con el cuello yerto y una leve sensación de compresión bajando paralela a su columna por todo su lado izquierdo.
La habitación no es excesivamente grande, pero para alguien que pasó más de 17 años en un cuarto de cuatro metros por dos, se siente inmensa. Quizás de ahí provenga su necesidad de tener todo controlado en una misma estancia y obviar el resto de rincones de la casa. Esto ya le sucedió en su lugar de residencia anterior en que, a pesar de ser un apartamento de un solo dormitorio, lo sentía como si fuera un castillo, sin tenerse ella por princesa.
El edredón beige y blanco roto de la cama le da un toque de profunda calidez a la estancia. Cabe la posibilidad de que sea eso lo que hace del espacio un lugar, que sin poder llamarse hogar, al menos parece acogedor.
Se postra sobre la cama, con la cabeza a los pies y para en seco. Su respiración es partícipe de este involuntario juego aunado por los pensamientos que aún galopan por su mente. Todo se para en seco. Una marca en en techo color blanco sostiene toda su atención.
La respiración sigue aminorando su marcha, calmada, como un riachuelo que fluye entre rocas cuando no es consciente de ser observado. Las preguntas no tardan en llegar: ¿qué es eso que se marca en el techo?¿Cómo ha llegado hasta ahí?
Un punto gris, imperceptible a cualquier ojo con prisa, la observa desde la altura. ¿Él también me estará observando? ¿Llevará mucho tiempo haciéndolo? ¿Es un punto o un agujero? ¿Me podré asomar? ¿A dónde me llevará?
Sigue tumbada sobre la cama, sus manos descansan sobre su abdomen. El mundo se ha parado en ese instante sin que nadie se haya percatado de ello, solo ella. El punto, ese punto gris que la observa desde lo alto del techo, como si coronase el cielo sobre el que todos caminamos. Ese punto gris que nadie en la estancia puede aventurar a decir qué es o cómo ha llegado hasta allí.
Juraría que ayer no estaba - piensa para sí. Pero en el fondo no lo sabe, porque no son muchos los momentos de quietud. Las prisas, las carreras, el arte de mirar y no ver, eso a lo que todos nos hemos acostumbrado, como si el regalo de los ojos no fuera más que un complemento a nuestra cara. Qué gran error.
Sigue tumbada, curiosa, divagando: ¿Será ese el agujero por el que se escapó el conejo blanco? ¿Acaso Alicia pasó por ahí antes de comerse la galleta que la hizo pequeña? ¿Y de dónde cogió la galleta?
Observa el punto sin apartar la vista. Su cuerpo ya se ha acostumbrado a esta sensación de calma, sus extremidades yacen sin tensión sobre el edredón. El silencio absoluto reina en el dormitorio, no se escucha al sombrero cantar al otro lado ni las tazas tintinear sobre una mesa. Tampoco nadie dice que es la hora.
¿La hora de qué? - se pregunta
La hora del té - se responde
No hay vestigios de fiesta por haber matado el tiempo. No se escucha el péndulo de un reloj de pie, ni los maragatos salen a dar las seis de la tarde. Esa fiesta perpetua que celebraron el Sombrerero Loco, la Liebre de Marzo y el Lirón atrapados en el tiempo claramente no se celebra al otro lado de ese agujero gris del techo de la habitación.
¿Se ha movido? ¿A dónde va? - se pregunta conmovida
Demasiada quietud. El punto sigue en el mismo sitio, no ha podido irse a ningún lado, pero el hecho de mirarlo tan fijamente y desde la distancia que proporciona la altura de la cama, hace que el cerebro interprete movimiento, como si de una ilusión óptica se tratase.
¿Y si no es punto y es una arañita escapada de su hogar? ¿Y si viene en la noche y me ataca mientras duermo produciendo un sarpullido? Los deshecha, no puede ser, una araña no pasa tanto tiempo en medio de la nada haciendo aún menos ¿o sí?
¿Y si me levanto y veo que es más de cerca? no, mejor no, estoy cómoda aquí abajo. Quizás ese punto no sea un punto, quizá sea una ventana. Quizás pueda asomarme y ver otro universo, otra galaxia u otro mundo. Quizás sea un portal que me transporta a la ruta 66 bajo un sol abrasador. O no. A lo mejor si me asomo veo a mi yo del pasado hablando con alguien querido que ya no está, cómo mi abuelita. O quizás me lleve a un momento anclado en mi memoria en que sufrí para poder recordarme qué pasó y por qué estoy aquí. Quién sabe.
La luz de la habitación ha ido perdiendo su intensidad. Las horas entre divagaciones se han pasado tan deprisa que ya no se percibe el punto. El portal hacia otro universo, otra galaxia u otro mundo se ha perdido con la luz del día y todo el techo se ha tornado oscuro, camuflando bajo sí a cuantos puntos o portales hubiera a otros lugares.
Y qué simple el punto.
Y qué sencilla la observación.
Y qué agradable momento de quietud.




