¿Estamos viviendo la era de la soledad?
Vivimos hiperconectados. Marian Rojas Estapé, con sus múltiples discursos referentes a la dopamina y las redes sociales, ha puesto el foco en el hecho de que a lo mejor las redes sociales no son tan buenas como las pintan.
Cuando yo era pequeña, me resultaba muy curioso ver a gente mayor sola. En mi mente se formaban nubarrones que me hacían pensar que quizá esa persona no tuviera una familia en que apoyarse. Lo mismo en el colegio con un niño que se quedaba solo en el patio. Nunca lo vi como algo positivo, es decir, los veía solos pero no pensaba que fuera por el elección propia, más bien por obligación.
Yo vivo a caballo entre dos lugares. Cantabria gran parte del mes, Galicia la parte restante. Nací en León, lugar en que me crié. Hasta hace aproximadamente tres años, mi entorno social había sido siempre bastante rico y amplio. Atravesé pocas etapas de no tener con quién salir, pues mi extroversión ha jugado en mi favor en estos casos.
Cometí mis errores, no voy a ser cínica a este respecto, pero siempre hice un poco lo que me daba la gana y valoraba estar rodeada de gente que formaba parte de los diferentes niveles de mi diana.
Recuerdo eventos en que las sobremesas eran la parte central de mis fines de semana. Una comida o una cena con amigos, acababa siendo un hito histórico en mi historia personal. Ahora eso no existe.
Es cierto lo que nos dicen de que las redes sociales han revolucionado la forma en que nos relacionamos, pero mi pregunta es ¿para mejor? porque yo solo siento lejanía de aquellos a quien me apetece ver entorno a mi mesa. Si bien es cierto que con mi pareja, me permite sostener una relación a más de 400 kilómetros y lo hace más llevadero, pero no es así con mis amigos. Con el paso del tiempo las conversaciones se enfrían y poco a poco, una soledad impuesta se ha adueñado de gran parte de lo que yo fui.
Resulta curios cómo podemos hablar con decenas de personas al día y sentirnos más solos que nunca. Echo de menos las sobremesas largas, las conversaciones sin notificaciones, la sensación de presencia real. Antes las cenas se podían convertir en un recuerdo imborrable; ahora muchas relaciones sobreviven reaccionando a historias de Instagram.
Lo más inquietante no es que sea una percepción personal, la ciencia lleva años estudiando esta contradicción: nunca habíamos estado tan conectados digitalmente y, sin embargo, los niveles de soledad no dejan de caer.
1.- Qué dice la ciencia sobre ello.
Hay dos estudios interesante sobre la soledad y las redes sociales.
En 2018, desde la Universidad de Pensilvania realizaron uno de los estudios más citados sobre este tema, que vino a demostrar que reducir el uso de las redes sociales a 30 minutos al día, disminuye significativamente los niveles de ansiedad, depresión y sensación de soledad.
La conclusión es interesante, ya que no dice que lo interesante era una desconexión total, sino que limitar el consumo compulsivo y volver a formas mas reales de interacción humana eran la verdadera respuesta.
No necesitamos dejar de todo las redes sociales, necesitamos vínculos con profundidad.
Otro estudio, este de 2024, sobre la percepción de soledad y la adicción a redes sociales, realizado sobre adolescentes, encontró una relación directa entre la mayor percepción de soledad a y mayor adicción a las redes sociales. Es decir, cuanto más solos se sentían los participantes, mas dependientes eran de las redes, y cuanto más dependían, más aumentaba la sensación de vacío emocional y soledad.
Evidentemente, esto me lleva a pensar en si las redes sociales son el ibuprofeno emocional, aliviando de forma temporal o momentánea esa sensación de aislamiento, pero no solucionando la necesidad de una conexión humana real.
2.- Qué dice la psicología.
Cómo ya habrás considerado, no todas las personas que están solas, sienten esa soledad. Hay que distinguir entre la soledad elegida, esta es la saludable, la que tiene relación con momentos de introspección, creatividad, autonomía emocional, descanso mental y autoconocimiento. Las personas psicológicamente maduras, acostumbran a tolerar bien este “estar solas”y no necesitan estímulos constantes para sentirse válidas.
La cosa cambia si la soledad es impuesta. Esta es la soledad en que sentimos que no tenemos un núcleo al que pertenecer, nuestras relaciones diarias son superficiales, buscamos de forma constante validación y cambiamos la intimidad por la interacción digital. Este es el gran problema actual, que podemos hablar con ciertos de personas al día a través de una pantalla, pero nos seguimos sintiendo profundamente invisibles.
En la psicología actual, esta soledad crónica, se relaciona con ansiedad, depresión, baja autoestima, adicción al móvil, problemas de sueño y sensación de vacío.
3.- Dos personajes que valoraban mucho la soledad.
Carl Jung defendía la necesidad de retirarse del ruido social para encontrarse a uno mismo. No se tu, pero yo creo que he sido muy Jung a lo largo de mi vida. Él consideraba que demasiada exposición al exterior alejaba a las personas de su verdadera identidad. Para él, la soledad era una herramienta a espiritual y psicológica.
Emily Dickinson, aunque no era psicóloga, es uno de los grandes símbolos históricos de soledad elegida. Vivió gran parte de su vida aislada y no salía mucho de su casa, pero escribió una de las obras poéticas más profundas de la literatura universal. Su caso rompe con una idea arraigada actualmente que resulta muy interesante: estar solo no siempre significa estar vacío.
4.- Conclusión.
Quizá el verdadero problema no es en sí la propia soledad, sino la forma en que hemos aprendido a llevarla. Vivimos rodeados de estímulos, notificaciones y conversaciones inmediatas, pero cada vez cuesta más encontrar espacios donde sentirnos realmente vistos. Hemos confundido estar disponibles con estar presentes.
No considero que las redes sociales sean el enemigo, sería absurdo pensarlo cuando también nos permiten sostener relaciones a distancia, descubrir personas afines o sentir compañía en ciertos momentos. El problema aparece cuando sustituimos aquello que no se podrá reemplazar jamás: una larga sobremesa, una conversación incómoda pero honesta, el silencio compartido con alguien que nos conoce de verdad.
Quizá por eso echo tanto de menos ciertas etapas de mi vida, no por una nostalgia vacía, sino porque antes las relaciones parecían construirse más despacio y con más profundidad. Había tiempo para quedarse. Ahora todo es inmediato, fácilmente reemplazable, rápido.
Y aún así, después de escribir todo esto, no creo que la solución pase por desaparecer del mundo digital o demonizar la tecnología. Tal vez sea mas sencillo simplemente volver a mirar hacia lo humano. Aprender otra vez a llamar en lugar de reaccionar a una historia en Instagram, sentarnos en una mesa con el móvil en el bolso y sin la necesidad de fotografiar el momento, a tolerar el silencio sin correr a llenar el vacío con una pantalla.
Porque estar solo no es sentirse solo, pero vivir permanentemente distraídos quizá si nos está alejando de los demás y de nosotros mismos.



