Hannah Arendt: La banalidad del mal
¿Es el mal algo banal?
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Como ya te conté hace tiempo, estuve viendo la serie de Merlí, una producción catalana que me ha encantado y que te recomiendo encarecidamente. En ella, cada episodio está dedicado a un filósofo conocido, lo que hizo que me llamara mucho la atención este campo. No era de extrañar, estudio el Grado en Psicología y, en sus inicios, mantenían muchos puntos conexos.
En uno de mis viajes de vuelta a casa la semana pasada, me topé de casualidad con un podcast llamado Filosofía en 20 minutos y al que, si te gustan estos temas, deberías echar un ojo. Para mi, ha abierto la puerta a nuevos filósofos con un aperitivo de 20 minutos de resumen y gracias al que yo puedo profundizar posteriormente sentada en mi salón.
Surfeando en el perfil que te acabo de comentar, el título de uno de los podcast impactó contra mi retina de manera insultante: “la banalidad del mal”, y claro, como buen ratón del biblioteca, he investigado el caso.
¿Es el mal algo banal? ¿de verdad? y ahí cometí un error, el de suponer en lugar de escuchar, pero quédate conmigo y te lo cuento.
Quién fue Hannah Arendt.
Hannah Arendt fue una de las filósofas, teóricas políticas e historiadoras más influyentes del siglo XX. Aunque ella misma prefería definirse más como “teórica política” que como filósofa, su obra ha dejado una profunda huella sobre cómo entendemos la política, la libertad, el totalitarismo y la condición humana.
Era de origen judío, nacida en una familia culta y relativamente acomodada y le encantaba devorar libros desde bien joven destacando tambien como alumna brillante. A sus 18 años, se fue a estudiar filosofía con uno de los grandes pensadores de la época, Martin Heidegger. Esta etapa de su vida fue compleja, pues aunque él estaba casado, tuvieron una relación de varios años que la marcaría para el resto de su vida sin que ella terminara de procesarla del todo y es que… Heidegger simpatizaba con el nazismo y nunca negó con la claridad esperada su conformidad con ello.
Como imaginarás, con el ascenso al poder del nazismo en 1933, sufrió una persecución que la llevó a huir de Alemania. Tras pasar por Francia, logró escapar a Estados Unidos, donde vivió el resto de su vida y desarrolló su carrera académica.
Escribió su obra “El origen del totalitarismo” (1951) que es considerada unos de los estudios más profundos sobre cómo surgen los regímenes fascistas y estalinistas, así como analizó el aislamiento social, la propaganda masiva y la pérdida de referencias morales que permitieron a las masas apoyar regímenes totalitarios que destruyeron, como bien sabes ya, la dignidad humana.
En este libro, Arendt no pretende hacer un relato cronológico del horror de la Segunda Guerra Mundial, sino responder a cuestiones más fundamentales y profundamente incómodas sobre cómo es posible que sociedades civilizadas colapsaran de ese modo. Se preguntaba cómo un régimen de destrucción masiva y control absoluto pudo surgir en el corazón de una civilización occidental moderna que ya presumía de haber alcanzo a la cúspide en cuanto a ciencia, cultura y la ilustración. Su respuesta es contundente: el totalitarismo fue un producto patológico de la propia modernidad.
Arendt analizó el antisemitismo, es decir, cómo el odio a los judíos dejó de ser un prejuicio religioso y se pasó a convertir en una ideología política de masas. Una de las partes más brillantes del libro, es el análisis que la misma hace sobre la masa, explicando la misma que el totalitarismo no triunfó sobre ciudadanos organizados, sino sobre muchedumbres solitarias, desarraigadas y atomizadas tras las Primera Guerra Mundial y las crisis económicas. Por medio del totalitarismo, millones de personas sintieron alivio tras haber perdido su individualidad ya que el totalitarismo les ofrecía una sensación de pertenencia, un relato absoluto dentro del cual ellos encajaban, un propósito común a quienes se sentían completamente perdidos y superfluos dentro de la sociedad moderna.
Diferenció rotunda y contundentemente el totalitarismo de la dictadura, refiriendo que en el totalitarismo, aspira a una dominación total, busca transformar la naturaleza humana, destruir su espontaneidad y aislar tanto a los individuos, que ya no es posible la solidaridad ni la amistad. Y todo ello usando el terror, no como medio para gobernar, sino como el principio de su funcionamiento, como hicieron por medio de los campos de concentración y la constante arbitrariedad. Por contra, en una dictadura clásica, se busca el silencio de la oposición, el control del poder político y mantener a los ciudadanos atemorizados pero pasivos en sus propias casas.
Hannah Arendt: la banalidad del mal.
Tras ponerte en contexto contándote todo lo anterior, en el año 1961, Arendt cubría como periodista el juicio en Jerusalén de Adolf Eichmann, uno de los principales organizadores del Holocausto nazi. Adolf Eichmann, tras el horror alemán, había huido a Argentina donde vivió con un nombre falso hasta que fue interceptado por los servicios de inteligencia Israelíes.
Eichmann se encargaba de coordinar los trenes, los destinos, las listas de personas que llevaban a los campos de exterminio. Fue un administrador de la maquinaria de exterminio nazi que tantas vidas segó. En el juicio, la gente esperaba que se revelara la cara del mal, pero Eichmann no era un villano de película, ni un fanático sediento de sangre, era un burócrata metódico, educado (quizá en exceso) y preocupado por cumplir con su trabajo de modo eficiente y por ascender en su carrera. Lo más aterrador era su absoluta normalidad. Eimchann no actuaba por odio personal hacia los judíos, lo hacía por una falta total de imaginación y empatía. Él consideraba las deportaciones masivas como un problema administrativo y no como un dilema moral. Aterrador, ¿no es cierto?
Eichamann no sentía remordimiento pues, argumentaba que lo que él había hecho era seguir órdenes y cumplir con su deber, siendo un buen funcionario. Arendt quedó consternada al descubrir que los que Eichmann había hecho se debía principalmente a una profunda ausencia de pensamiento.
La “banalidad del mal” es una de las aportaciones más incómodas y revolucionarias de la filosofía política del siglo XX. Este terminó fue acuñado por Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén (1963), publicado tras asistir como cronista al juicio mencionado anteriormente.
Con la palabra “banal”, Arendt no quiso decir que el Holocausto no fuera importante o que fuera algo trivial, frase que ha traído considerable controversia hasta nuestros días. Hannah se refería a que el mal cometido carecía de unas raíces profundas, de convicciones ideología firmes o de una maldad demoniaca. Era un mal superficial extendido y que podía ser albergado por cualquier persona ordinaria si se le daban las instrucciones adecuadas.
¿Por qué sucedió todo esto?
La conclusión a la que llegó Arendt fue que el peor mal de la historia, había sido perpetrado por burócratas grises que solo “seguían órdenes”. Esta conclusión se sustenta en motivos psicológicos y sociales clave, observados en el funcionamiento de los regímenes totalitarios, es decir:
Incapacidad de pensar en la perspectiva del otro: no la estupidez entendida a nivel intelectual, sino la incapacidad para pensar. Habían renunciado a lo que en otras ocasiones hemos hablado aquí: a su juicio crítico personal.
Sustituir la moral por obediencia ciega: en un sistema totalitario, son las normas del Estado las que sustituyen a la conciencia individual. Eichmann no sentía culpa porque consideraba estar cumpliendo la ley y obedeciendo a sus superiores. Aquí, la responsabilidad moral se va diluyendo a lo largo de la cadena de mando.
El peligros lenguaje burocrático: Arendt se percató de que Eichamnn usaba constantemente clichés y frases hechas, así como eufemismo oficiales, por ejemplo, no hablaba de “asesinatos”, se refería a ello como “soluciones administrativas”. Este tipo de lenguaje, le servia de escudo mental para anestesiar su propia conciencia y evitar ver la realidad sangrienta de lo que hacía realmente.
Conclusión
La gran lección y advertencia que podemos dilucidar de Arendt y su estudio, es que el mal no necesita de monstruos para manifestarse, ya que le basta con personas corrientes que renuncian a pensar por sí mismas y que se adaptan sin cuestionar las estructuras de poder, delegando su propio juicio moral a la autoridad y la rutina. La banalidad del man nos demuestra que cualquier sociedad corre peligro de volverse cómplice de una barbarie el día en que la propia ciudadanía dejar de reflexionar con crítica las consecuencias humanas de sus actos.






