Nada es gratis
Y otras formas en que la ansiedad domina el (mí) mundo.
Supongo que nada es gratis. Soy de esas personas a las que les gusta hacer las cosas y les gusta hacerlas bien, a pesar de no conseguirlo tantas veces como me gustaría. La perfección no existe, lo tenemos claro todos (o la mayoría), pero hay personas, como yo, a las que no nos enseñaron a parar ni sabemos exactamente cuál es el límite, por lo que vivimos en unos niveles de autoexigencia tan altos, que parar nos parece una deshonra hacia nuestro esfuerzo.
No describo esto parapetada tras un intento de indecorosa supremacía disfrazada de falsa modestia. No. Lo hago tras haber pasado una semana de dura autoexigencia a la que ha sobrevenido un periodo de relativa relajación y en que la tensión física, anteriormente oculta, ha florecido. Con dolor en la zona del cuello, las extremidades y hasta en lengua y mandíbula.
De ahí que comenzase diciendo que nada era gratis. Luego consigo cosas, sí, avanzo en la vida luchando por mejorar, pero el problema es que también me gustaría hacer otras cosas que no siempre puedo permitirme.
Si me conoces un poco, sabes ya que me gusta estudiar, adoro aprender cosas, adoro estar con la nariz entre libros y poder observar el mundo con un prisma diferente. Adoro saber leer a las personas desde más de una perspectiva, compararlas con personajes de un libro que me marcó o una serie que disfruté, pero también adoraría poder pertenecer a ese grupo de personas que saben parar y disfrutan de sendas cosas, de la quietud de no hacer nada sin sentir un ápice de remordimientos y de no estar en constante análisis.
Mi lucha interna diaria, enmascarada tras un “siempre bien”, se ve compelida por millones de pensamientos bombardentes que me obligan a seguir aún cuando ya llevo 12 horas. Para muchos eso puede ser una forma de constancia y de autoexigencia cuando te faltan las ganas, pero para alguien como yo que va siempre a un 200%, seguir una hora más implica una contractura más también.
Estoy aprendiendo a iniciar otro camino a mi conquista. Mientras escribo estas palabras, mi cabeza me dice “deja de escribir y haz ese trabajo de Desarrollo, infancia y adolescencia que tienes que entregar el próximo 5 de marzo”, “deja de escribir y baja a ponerte hacer la comida para que ya esté hecha cuando venga Marcos”, pero aquí sigo, perseverante, porque aunque tenga obligaciones y mi cabeza quiera que haga otra cosa, quiero hacer eso.
De ahí que yo no sea una persona que se pasa con una disciplina diaria por mi substack, y créeme, no es falta de ganas, pero apago otros fuegos.
Mi dolor corporal actual, unido al sol que entra por mi ventana, me está invitando a hacer ese parón que el cuerpo me está pidiendo, porque no exagero si digo que esta semana han sido más de 50 las horas que he pasado sentada frente a mi ordenador. Mi robótica disciplina me condena de maneras nuevas e inimaginables, pero esto también pasará.


