¿Qué se yo?
Cuando la incertidumbre es la única certeza.
Dice el refranero que “no hay más ciego que el que no quiere ver”, pero yo me pregunto qué sucede cuando, aún queriendo ver, nos falta el prisma adecuado. Vivimos aferrados a nuestras verdades universales, las que no llegan por terceros en más de una ocasión y sobre las que nos acomodamos, sentamos, descansamos y sostenemos. Vivimos la vida como jugamos a las cartas; pensando que sabemos que bazas tienen los demás y pensando que ese conocimiento es el ganador, es el que nos va a llevar al final de la partida, permitiendo incluso el augurar cómo les va a ir a los demás jugadores, y no podemos estar más equivocados.
1.- Por qué estamos aquí hoy.
Siempre me ha resultado fascinante cómo las personas educadas en los mismos colegios, bajo un anticuado sistema educativo que ha sufrido varias reformas que afectan a todos más o menos por igual, con unos valores sociales generales similares (no matarás, no robarás, no cometerás actos impuros ni mentirás… tú ya me entiendes), viven, a su vez, unas realidades tan diferentes. No sé si he hablado de esto en alguna otra ocasión, pero cuando yo era pequeña, en el colegio, teníamos todos más o menos una vida normal, con sus familias en mayor o menor medida estructuradas y guiadas hacia los mismos patrones familiares. También educacionales, por supuesto.
De igual modo, todos sabíamos quiénes eran las hijas de las familias más pudientes a nivel económico, y quién el hijo de una familia muy trabajadora, que todo lo que habían construido no era más que a través del más puro y duro esfuerzo. Pero esto no es todo. En mi clase había una persona que sabíamos que, a pesar de vivir y cohabitar en los mismos espacios que nosotros, no tenía la misma vida que teníamos los demás. Anaís, que así es como la llamaremos para preservar su identidad, no llegaba a casa y sus padres la obligaban a bañarse, o la ayudaban con los deberes. Quizás ni estaban cuando ella llegaba.
Su ropa no era de marca, ni nueva; muchas veces no estaba ni lavada. A veces desprendía olores por falta de higiene e incluso tengo un vago recuerdo de ver cómo se lavaba el pelo con el agua que vertían los canalones de la zona del porche del colegio, el que se encontraba entre el comedor y las aulas.
Recuerdo finalizar el colegio habiéndola dejado atrás y eso que ya de por sí era un año mayor que yo. Recuerdo que no fue al instituto o, si lo hizo, fue años después. Recuerdo que se quedó embarazada siendo relativamente jovencita y lo último que supe de ella era que había perdido la dentadura y vendía calzado en un puesto de mercadillo.
2.- Que me hace cuestionarme cosas.
Me pregunto qué sucedió con ella, no a día de hoy, sino por qué el sistema que utilizamos los demás no estuvo para ella. Cuál es el motivo de que, teniendo todo, no lo tuviéramos todo todos. Tenía acceso a las mismas cosas que los demás niños; aquellas que tienen los de familia pudiente y las que tienen los de familia menos pudiente o media. No es la gerente de una multinacional, pero entre una cosa y otra hay un término medio. Sí que recuerdo vagamente que iba a clases de apoyo, pero no recuerdo que en su casa intervinieran servicios sociales, o que alguien le dijera o le recordara que podía llegar a elegir otra cosa, lejos de lo que otros eligieron para ella, o lo que ella misma escogió pensando que era lo mejor o lo que merecía. Quizás aquí hablemos de autoestima, o lo hagamos de otras cosas como el control que otros ejercen sobre tu situación, siendo estos los adultos, aquellos a los que un niño de hasta 7-8 años ve como superhéroes en los que reflejarse y cobijarse.
Aquí es donde creo que entra en juego la realidad de cada uno. El prisma con el que cada uno ve el mundo que lo rodea. Todos tenemos una verdad, la nuestra, pero la verdad solo es verdad si es una verdad que todos conocen; de no ser así, es solo tu propia verdad. Cuando alguien dice “te digo que esa es toda la verdad”, puede ser una falacia en sí misma, puesto que esa persona puede no contarte toda la verdad y tienes que comulgar con que realmente esto es lo que es la verdad, es decir, la parte de la misma que tú conoces. Como habrás ya comprendido, el decir que algo es la verdad es un término no muy correcto, puesto que solo sería verdad si realmente fuera una realidad que tú también conoces a la perfección. El filósofo Montaigne es alguien que hablaba mucho de este tema.
3.- No hay más ciego que el que no quiere ver.
¿Que sucede con Montaigne y la verdad? Pues bien, este filósofo decía que la verdad no es una posesión, que era más bien un horizonte que se aleja a medida que lo intentamos tocar. Como tu crush un sábado a primera hora de la noche. Él se hacía una pregunta: “¿Qué sé yo?”. Y creo que es el punto al que en algún momento todos debemos llegar. Lo que veía yo en Anaís cuando era pequeña o lo que puedo percibir ahora es un fragmento de una realidad mucho más compleja, un trocito que me devuelve a mi propia limitación para comprender por qué el destino, a veces, reparte naipes tan diferentes para jugadores que se sientan en la misma mesa y con el mismo tapete.
Para Montaigne, la introspección no era simplemente un ejercicio de vanidad, sino una herramienta de supervivencia intelectual y honestidad radical. Para él, la verdad es fluctuante y subjetiva; esto quiere decir que “no hay verdad que no sea opinión”, pues estaba convencido de que la verdad es un fenómeno cambiante, y si lo analizas con detenimiento, es una realidad. Para él, nuestra verdad está condicionada por nuestra posición en el mundo. Mi verdad actual, al igual que la de mi infancia, es una verdad igual de real, pero invisible a los de los demás.
Por medio de la introspección, podemos observar nuestras propias grietas para entender las que tienen los demás. La única manera de acercarte a la verdad de otra persona no es por medio de las estadísticas o teorías, es a través de su propia capacidad de imaginar su fragilidad. Al mirar en tu interior y notar el dolor que te causa una historia, estás siendo más honesto que cualquier frío análisis que puedas hacer a nivel sociológico, como comencé yo expresando.
El primer paso a la ignorancia es creer que todo lo que sabes es lo que es. Que lo que tú conoces es una verdad universal y que nada la va a cambiar, que lo que te llega es lo que hay y no hay nada más. Ese es el error. Montaigne tenía una máxima famosa: “¿Qué sé yo?” y no es una declaración de ignorancia, es una postura intelectual, la humildad ante la complejidad de la vida. Él sostenía que nuestra mente es un instrumento de ensayo, que siempre se mueve, siempre está incompleto. Tú observas tu realidad, pero tienes el poder de cuestionarte si hay algo más, si admites que el prisma desde el que miras puede ser opaco, y será así, y solo así, cuando contemples un concepto más amplio y objetivo de aquello que quieres convertir en “tu verdad”.
4.- Conclusión.
Seguramente creas que en mis líneas te hablo mencionando a Montagine en relación con el caso de Anaís, pero nada más lejos de la realidad. En su caso solo conocía mi verdad, y es probable que si hablo con ella, le ponga más ventanas a la casa oscura sobre la que yo he asentado mentalmente su historia, pero lamentablemente, esto no va solo de eso. La verdad no es un objeto que poseemos, es un proceso en el que nos equivocamos de forma reiterada y el camino para no cometer tantos errores y percibir una realidad más amplia se basa en la introspección.




