Te doy la bienvenida a Pizkita7.com, una newsletter sobre psicología, filosofía práctica y el arte de mantenernos enfocados para construir una vida con propósito.
No es la primera vez que esto me sucede o que siento lo que ahora mismo estoy sintiendo. Si es la primera vez que lo identifico, le pongo etiqueta, lo adapto a lo que pienso y le doy una respuesta.
Son numerosos los entornos en los que alguna vez no he sido elegida. En esos mismos lugares, tampoco te dan una explicación, se entiende que tú debes comulgar con aquello que otros han elegido para ti. Quizá su actitud no habla tanto de ti, como de su propia interacción y relación para contigo, pero creo que la respuesta es simple.

1.- Los contextos.
Contexto 1.
Yo he tenido un amigo una gran parte de mi vida, unos 15 años. Todo empezó cuando comenzamos a ser coincidentes profesionales y se extrapoló a una unión personal por soportar y vivir las mismas mierdas provenientes de un jefecillo de poca monta que lo único que podía aportar era su falta de empatía y capacidad. Durante mucho tiempo, aún cuando yo ya había dejado de residir en mi ciudad natal, seguimos manteniendo un buen ritmo de amistad, entendiendo que la distancia ahora nos impedía tomar un café o programar una comida de ahora para ahora mismo.
Todo parecía idílico, era una amistad sólida (o eso pensaba yo), hasta que otra parte contratante de esta parte contratante encontró pareja. Ay amigos, eso si que ha marcado un antes y un después. ¿Recuerdas que comencé diciendo que “he tenido un amigo”? pues ya no. Mi amigo se ha echado novia y tenerme en su vida le parece una opción perfectamente descartable. Es como esconder en el fondo del armario las botas altas cuando se acerca el verano, un complemento del que puedes prescindir. Atrás quedaron aquellos tiempos de compartir sufrimiento y de apoyo emocional que solo una amistad así te puede brindar.
No voy a negar que no me dolió, lo hizo. Pero supongo que en el devenir de la vida, estas cosas forman parte del contrato. Ni siquiera pienso que yo lo tenga que entender o etiquetar con justificaciones. Se que no me eligió y ha prescindido de mi como si no importase, como si nada hubiéramos vivido, como si todo lo sumado ya no tuviera cabida en el saco de nuestra amistad ni lo pudiera llevar en la mudanza de su nueva vida.

Contexto 2:
De un tiempo a esta parte, vengo observando un comportamiento que ya se ha repetido en otros puntos de mi línea vital. A las mujeres se nos excluye de entornos de hombres. No hablo del terreno profesional. No hablo solo del terreno profesional. Hablo en general. Tengo un conocido que hace muchas reuniones y eventos en su casa o en diferentes restaurantes. En el 100% de ellos invitan a mi pareja, en un 10% me invitan a mi. He sobrevivido a un acontecimiento al que nos invitaron a ambos y a mi pareja la presentaban al resto de participantes, mientras que a mi me obviaba, como si no existiera, por el mero hecho de no tener entre las piernas un apéndice colgando. Y se que me aprecia, o así lo he sentido en otras ocasiones, pero en muchos de las situaciones mencionadas anteriormente, me deja en un escalón inferior.
No ha sido hasta ayer que no he caído en semejante impertinencia. No ha sido hasta que la realidad me ha golpeado la cara, que me he dado cuenta de que “gracias, pero no gracias”. Me he engañado pensando que formaba parte de un colectivo del que para nada formo parte, de un grupo de bendecidos a los que esa persona tiene en consideración y… nada más lejos de la realidad. Soy mujer, aunque fuera terrateniente de un reino, no tendría espacio en esa mesa, porque como dice el anuncio de la televisión: no es lo que tengo, es lo que soy.

Contexto 3:
En mi adolescencia y vida adultas, he pasado varias veces por esta situación. A veces por destacar a nivel intelectual (y aunque muchos prefieran etiquetarlo de soberbia, la realidad es que la inseguridad ajena nunca ha sido responsabilidad mía), otras por hacerlo a nivel afectivo. Otras veces por tener algo que el resto quería y otras veces simplemente por existir. Y llegan los “qué suerte tienes”. Afortunada. Ja. Afortunada. Explícale eso a mi yo de 25 años cuando perdió un año entero corriendo tras una pelota que ya botaba en otras manos. Dudando de lo que veía, de lo que sentía, de lo que escuchaba o vivía. Y ¿sabes qué? no, no gané yo el partido.
Explica a mi yo de 35 años de que todo lo que ofreces y que es elogiado por terceros, queda en una caja de herramientas a la que solo se recurre cuando tienes algo que arreglar. Y no te eligen, al menos no de primeras, simplemente se acercan para que puedas arreglar aquello a lo que ellos no llegan o aquello que ellos no saben, porque “para ti esto son dos minutos”.

2.- Cómo lo veo yo ahora mismo.
Prefiero que no me elijan. Tengo claros, (demasiado claros) mis objetivos en la vida, a nivel personal, profesional y emocional. Durante un tiempo pensé que la mejor decisión que podía tomar era mermarme para encajar, pero eso se acabó. El que no llegue, que se ponga de puntillas. Son muchas las horas que paso entre libros, cuidando a quienes me cuidan o arreglando lo que puedo arreglar. Durante un tiempo, a nivel profesional, explicaba las razones por las que pretendía conseguir aquello por lo que actualmente peleo y el otro interlocutor ponía pegas a mis metas y a mis sueños hablando de lo que él o ella no había podido conseguir. Conseguí zanjarlo respondiendo un “porque puedo” que recibía la callada por respuesta.
Crecí educada para ser la niña buena. Había un mandato claro y que no se cuestionaba: verse bien y comportarse bien. Esto incluía el ser delgada, no tener vello facial o corporal, no dejar el pelo demasiado corto para no verse masculina, usar ropa que mostrase tu figura, no decir tacos y, por supuesto, no intimidar. Tragar con lo que el o la líder de turno exigía y todo porque consideré que la verdadera felicidad se alcanzaba con eso de ser elegida.
Y como el mal no muere, solo se reinventa, sigo viviendo lo mismo décadas después. El mensaje, tristemente, sigue siendo el mismo: hagas lo que hagas, que sea para ser elegida. Pero me paro aquí y me doy cuenta de que la acción se escapa entre mis dedos, y paso de ser yo quien debe decidir si acepta ser elegida a depender que otro lo haga y lo siento, pero no. No he mencionado en ninguna parte el feminismo ni me creo que esté escribiendo Una habitación propia, pero una de las certezas que me van a a guiar a partir de ahora es la de que no necesito que otr@s me elijan, que eso ya lo hago yo.
Esta parte de la película de Barbie refleja de modo bastante claro como se siente ser mujer en un mundo como este, y no solo por como eres vista por los hombres, también por muchas mujeres como las anteriormente mencionadas:
Es literalmente imposible ser mujer. Eres tan guapa y tan lista y me revienta que no sepas lo que vales. Siempre tenemos que ser extraordinarias, pero no sé cómo siempre lo hacemos mal.
Tienes que estar delgada, pero no demasiado y no puedes decir “quiero estar delgada”, tienes que decir “quiero estar sana”, pero también tienes que estar delgada. Tienes que tener dinero, pero no puedes pedir dinero porque eso está mal. Tienes que ser jefa, pero no duraa. Tienes que liderar, pero no machacar las ideas del otro. Se supone que tiene que encantarte ser madre, pero no puedes hablar todo el día de tus hijos. Tienes que ser profesional, pero también cuidar siempre de otros. Tienes que responder por el mal comportamiento de los hombres y si dices algo te echan en cara que te quejas. Tienes que estar guapa para los hombres, pero no demasiado como para tentarles o para amenazar a otras mujeres, porque debes ser parte de la hermandad. Pero tienes que destacar y estar siempre agradecida. Pero sin olvidar que el sistema está amañado así que debes, aún sabiéndolo, estar agradecida. No puede envejecer, ni ser maleducada, ni fanfarrona, ni egoísta, ni derrumbarte, ni fracasar, ni mostrar miedo, ni salirte de lo establecido. ¡Es demasiado difícil! Es demasiado contradictorio y nadie te da una medalla ni te da las gracias. Y, de hecho, resulta que no sólo lo haces todo mal, sino que además todo es culpa tuya.
Estoy tan cansada de verme a mí y de ver a cualquier otra mujer hacer lo imposible para gustar a la gente. Y si todo también es así para una muñeca que represente a una mujeres, entonces apaga y vámonos.
Película de Barbie, discurso de Gloria.

3.- Conclusión.
No voy a decir que no ha dolido, porque duele, y dolerá, pero no es tanto lo que sucede, como lo es lo que hacemos con esto que nos sucede. Creo que a partir de ahora voy a pelearme un poco más con mi propio sesgo de pertenencia para reeducarle y que comprenda que el grupo ya lo tiene y que no necesita irse a otro grupo en que no se le acepta. Elegir cuando y en qué condiciones quiero formar parte de esos eventos o situaciones. Seguir mi camino sin pensar que eso puede molestar a otros porque ellos no lo pueden o no lo quieren lograr y ¿sabes por qué? porque puedo.





y a quien no le guste... que circule