De cuando me di cuenta de que me había perdido
y me encontré
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Hace unos cinco años, en una sesión con mi terapeuta de aquel entonces, le dije que tenía la sensación de que estaba atascada, de que había perdido el control, que no sabía muy bien que estaba sucediendo en mi vida porque todo se movía excesivamente rápido a mi alrededor y no sabía como iba a poder gestionarlo todo. Le dije que no tenía problemas, que realmente me sentía una persona afortunada, pero si que rondaba por mi cabeza la sensación de estar corriendo más de lo que debería para llegar a ninguna parte.
Ella me trasladó que en muchas ocasiones, las personas que acuden a terapia, lo hacen porque a veces la vida se les desordena, como sucede con el cajón de tus calcetines, y que tienes que tratar de volver a alinearlo todo.
Creo que en este momento, para con la parte de mis relaciones de amistad y de cómo yo me he ido conociendo a lo largo de los años, acabo de caer en la cuenta de que me perdí y estaba sentada en la mesa equivocada (entiende este concepto leyendo mi entrada sobre La teoría de las sillas).
1.- Qué me ha hecho llegar a esta conclusión.
Estaba sentada al ordenador leyendo cartas de personas a las que sigo en Substack, de esas que me enseñan, me reconfortan o me hacen sentirme de algún modo a través de las palabras cuando he caído en que hasta ayer, había dejado que corriera mucho el tiempo sin pasar por estos lares y hacer exactamente más de esto que siempre me hizo feliz. Ya desde los inmemoriales tiempos en que yo utilizaba Feedly para estar al día de todo aquello que me fascinaba profundamente.
De golpe, como si un pavo real se hubiera apoyado sobre mi escritorio con todo su plumaje abierto, caí en la cuenta de lo desconectada que he estado de esta parte de mi vida. Me he movido en entornos en que era más cómodo amoldarse a aquello que las personas entienden como “normal” que hacer de mi propia normalidad su rareza. Desde bien pequeña he asumido una especie de papel denominado indefensión aprendida frente a todas aquellas que me gustaban pero que parecían no encajar con lo “normal”, que he hecho de mí alguien más corriente y mimetizado con el entorno, más alejado de mi verdadero yo. Aquí ha llegado el verdadero drama.
2.- Qué es exactamente la indefensión aprendida.
El psicólogo Martin Seligman acuñó este término para referirse al estado mental de una persona o animal en que aprende a creer que es incapaz de controlar, cambiar o escapar de una situación desagradable, incluso cuando objetivamente si tiene la oportunidad de hacerlo.
Para que se entienda mejor, se utiliza un ejemplo muy gráfico: el ejemplo clásico del elefante de circo. Cuando son pequeños, los domadores de elefantes atan la pata de una cría de elefante a una estaca de madera clavada en el suelo con una gruesa cuerda. Al principio, el animal intenta escapar y tira con todas su fuerzas, protesta y hace todo lo posible por liberarse. Sin embargo, por mucho que lo intenta, es demasiado pequeñito y débil para arrancar la estaca o romper la cuerda por lo que, tras mucho intentarlo, llega a una dolorosa conclusión: su esfuerzo es inútil y no puede cambiar su realidad.
Cuando son adultos, ya no son débiles, todo lo contrario, con animales grandes y fuertes, pesados, capaces de arrancar con una sola pata un árbol de cuajo. Sin embargo, el domador los sigue atando a la misma triste y frágil estaca con una cuerda fina. ¿Por qué no huye? porque ha aprendido la indefensión. En su mente, sigue siendo aquel elefante chiquitito que no podía liberarse y por ende, ni siquiera lo intenta. Tiene interiorizado que está atrapado, aunque objetivamente la estaca actual no supondría ningún obstáculo dada su fuerza.
3.- Cuál ha sido el origen de este drama.
Cuando yo era pequeña, recuerdo diferentes situaciones en que me di cuenta de que daba igual lo que yo hiciera, mi situación siempre era la misma. Problemas en casa, problemas en el colegio, problemas con amistades… daba igual, siempre yo era la que estaba equivocada y otros decidían lo que consideraban que era bueno para mi. Recuerdo un cumpleaños al que invité a mis amigos y en mi propio cumpleaños, una de las que consideraba mi amiga se quedó el dinero de todos argumentando ser ella la administradora, cuando era yo quien cumplía años, en mi casa y con amigos que ni con ella tenía en común. Da igual como me expliqué, da igual como lo dije, lo que hice… dio todo igual porque nadie me escuchó.
En mi etapa estudiantil fue lo mismo, si sacaba buenas notas era lo que debía hacer, por lo que en verano tampoco disfrutaba como el resto de niños, y si las sacaba malas, tenía que hacer las mismas cosas que hacía al obtenerlas buenas, por lo que aprendi que daba igual lo que hiciera o dijera, nadie me escuchaba y parecía que mi opinión se perdía en mis cuerdas vocales.
Conforme muy creciendo, el sentimiento no ha sido diferente y cuando por fin encajaba en un grupo, no quería ser la diferente por ese sentimiento de pertenencia que nos motiva a todos según la psicologia social, por lo que dejaba de leer libros en público porque mis amigos no leen, dejaba de hablar de cosas que me fascinaban porque no tenía nadie con quien compartirlo, y dejaba de hacer aquello que me llenaba por encajar en aquello que al resto le gustaba y consideraba normal.
Hasta hace un rato. Hace un rato me he dado cuenta de que en lugar de estar surfeando por el contenido de la gente que sigo en substack, e intercambiar opiniones con otras personas con quien comparto intereses o dialogan de forma inteligente, estaba enfocándome en seguir a la mayoría. Ahora me vas a entender.
Cuando yo escribo, no lo hago por agradar o gustar, lo hago por desahogar, como estoy haciendo en este instante, encontrando mi esencia en estas palabras. Hace meses dije que limitaba mi consumo de redes sociales porque realmente, no me aportaban nada, pero es cierto que no eliminé mi perfil del todo. En Instagram tengo un perfil con unos 500 seguidores, muchos de ellos de la vida que menciono en que me sentía incomprendida o fuera de lugar. Todas las semanas, cuando yo publicaba mi carta, programaba por medio de meta los enlaces de acceso a la misma en mis redes sociales, esperando que de algún modo, alguna de aquellas personas que en persona me conocen, demostraran querer compartir conmigo algo relativo a lo que yo había escrito. Spolier: eso nunca ha pasado.
Hoy lo he entendido. Esa no es la mesa, ni esas son las sillas. Esa ventana no es la del acceso a este mundo, ni aquel es el comité donde compartir. Afortunadamente para mi, la interacción con personas como Álvaro de Jardín Mental con cartas semanales sobre productividad, y de quién amplié conocimientos sobre Zettelkasten y Obsidian, o la entrada de hoy de Podría ser peor sobre un coche viejo, me han hecho entender que encajo más en este mundo que en el otro.
Muy a mi pesar, he sido consciente de que para una mayoría de mis seguidores, no es instagrameable la vida de Edgar Allan Poe, pues no saben ni quién es.
4.- Conclusión.
Me volvía a sentar en la mesa equivocada por no darme cuenta antes de que la estaca de mi pie, ahora que soy más grande y más fuerte, la puedo arrancar de una patada. Y ¿sabes que? que no hablo solo de redes sociales o plataformas, hablo de la vida. Hablo de dejar de amoldar mi tamaño a las estacas de los demás, de solo vibrar con aquello que vibra conmigo y de no fingir ser quién no soy por tratar de que el resto no se sientan vulnerables o me tilden de rara.




